12 de abril de 2016

Cuando los padres tienen un hijo favorito

Mi mamá se guiaba por un principio: era parte de sus creencias el no mostrar favoritismo. Si dos de nosotros le preguntábamos cuál de nuestros dibujos le gustaba más, ella siempre respondía que le gustaban los dos dibujos por igual. Cuando trataba de engañarla diciéndole que yo había hecho los dos dibujos, ella sabía que mentía; entendía que los niños continuamente intentan obtener pruebas de quién está primero y quién está después. Y al final de su vida, si alguien trataba de hacer que mi madre cayera en el elogio público, diciendo, respecto a un acontecimiento o logro específico: “Ah, debes estar tan orgullosa de tu hijo o hija”, ella respondía con un firme: “Sí, me siento orgullosa de todos mis hijos”.

Sus padres, en la década de los 30, no se preocupaban por dar a los niños el mismo trato: el niño era el niño; las niñas eran la lista y la bonita.

Barbara Howard, una pediatra de desarrollo conductual que es presidenta de Total Child Health y profesora asistente de pediatría en la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, a menudo observa problemas de comportamiento causados porque un hijo siente que no es el preferido. “Es imposible no tener favoritos, y sabemos que la percepción de favoritismo es uno de los factores más importantes en la rivalidad fraterna”, dice.

“Con frecuencia, el niño está tratando de atraer la atención del padre que lo rechaza porque entre más trates de hacer que un niño se aleje de ti, más se acercará. Así que si un niño se acerca a uno de sus progenitores con una actitud agresiva o dependiente o necesitada o abiertamente en busca de atención, suele pasar que al padre o la madre no le gusta mucho ese niño, o el niño lo percibe”. Ella tal vez le pregunte al padre o madre qué evoca el comportamiento del menor, a qué miembros de la familia le recuerda, qué futuro le hace imaginar. Muchas veces, dice, el padre o la madre está consciente de un sentimiento de tensión hacia ese hijo o hija y se siente enormemente culpable; encontrar formas de pasar tiempo juntos y disfrutarlo puede ser de ayuda para ambos.

Hace años, leí una novela (por favor, alguien recuérdeme el nombre) en la que una madre le aseguraba por separado a cada uno de sus hijos, pidiéndole que guardara el secreto, que siempre había sido su favorito. Me gustó ese sistema y, como madre, pienso que podría hacerlo con toda sinceridad: en privado, con cada uno de mis tres hijos, creo que podría decirlo y que sería cierto.

Ellen Weber Libby, una psicóloga clínica y la autora de “The Favorite Child”, dice que algunas familias tienen un favoritismo cambiante, en el que la ventaja se va turnando de niño en niño por día o por semana. Ese tipo de rotación, comenta, produce una competencia saludable y normal. Pregunten a los niños, explica, y lo dirán. “Por lo general, los que no lo saben son los padres, que viven en negación porque existe el mito de que es malo tener un hijo favorito”.

El peligro viene cuando el favoritismo es constante y persistente, y se convierte en una parte habitual de la dinámica familiar.

Los psicólogos evolutivos ven la dedicación parental a sus retoños como la división de una reserva finita de recursos, y no como, tal vez, una infinidad de amor. “Yo digo que los padres a veces tienen favoritos y, en efecto, muestran una dedicación desigual”, comenta Catherine Salmon, una profesora asociada de psicología en la Universidad de Redlands en California, que estudia las relaciones y es coautora de “The Secret Power of Middle Children”. El orden de nacimiento puede tener importancia, explica, y es probable que los hijos de en medio sean los menos propensos a ser los favoritos, en comparación con los primogénitos, que monopolizan a los padres durante ese primer periodo, y los benjamines que representan la última oportunidad de mostrar dedicación.


Salmon señala que los efectos del favoritismo parental pueden ser mucho más agudos en familias en las que, para empezar, no se tiene mucho de modo que la desigualdad puede ser especialmente dura. Por otra parte, Libby dice que en una familia próspera, el hijo favorito puede crecer con derechos, inmune a las reglas que aplican a sus hermanos.

“Creo que la gente puede librarse de la culpa de tener un favorito: hay que ser francos y decir sin tapujos que se tiene un favorito; la gente tiene favoritos, lo que haces al respecto es lo que importa”, dice Howard. “Tienes que encontrar algo que valores de cada uno de tus hijos y partir de ahí”. Con los niños cuyo comportamiento es problemático, ella sugiere desarrollar nuevos rituales, como un abrazo matutino antes de empezar el día.

“Los padres no ven la diferencia entre el amor y el favoritismo”, comenta Libby. “Creo que a los padres les cuesta trabajo decir que aman a sus hijos por igual y que de vez en cuando tienden a favorecer a uno de ellos. Y sucede porque en ese momento, ese hijo los hace sentir orgullosos de ser padres”.

Así que sí, tal vez la desigualdad sea real, pero lo que importa más es la percepción de favoritismo y la reacción ante ella de cada uno de los involucrados, tanto en lo que respecta al comportamiento como a la memoria y las emociones. Todos llegamos a la edad adulta con un sentimiento de saber cuál era nuestro lugar, qué opinión se tenía de nosotros y qué trato recibimos.

En un buen día, la idea del hijo favorito puede ser una especie de chiste permanente, que sirve como recordatorio a los padres de que tienen que ser justos, y como recordatorio a los hijos de que aunque el amor es ilimitado, la aprobación y la estima de los padres se tienen que ganar, y vale la pena competir por ellas, de manera razonable.

Libby relata que cuando tuvo que hacer su primera presentación en PowerPoint, se dio cuenta de que se sentía abrumada. Le envió un mensaje de texto a sus hijos: “el primero que me conteste va a ser mi hijo favorito el día de hoy”.

“En un nanosegundo, mi hija, que nunca tiene tiempo de llamarme, me estaba llamando, y mi hijo comentó: ‘Caray, cuando vi que el teléfono estaba ocupado, ¡sabía que era mi hermana!’”.

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